
Mis dedos
al escribir son mi voz,
mi garganta que no habla una letal arma mortal,
una
prisión de máxima seguridad
y mi pasaporte hacía la eterna auto-impuesta
incomprensión.
Me revuelvo dentro de un envase de medidas comerciales,
90-60-90. Lo que ocupa mi lugar en este mundo.
Me observo y analizo y aún sin veredicto me
vomito;
combustión espontánea ante tal cantidad de emoción,
guardada sin ningún
orden que valga.
Me sincero para con mis adentros;
reafirmo y
refuerzo mis teorías,
confirmo que el des-apego y la indiferencia
son escudos que
me protegen de mis innumerables miedos.
Me sitúo ante el espejo,
observo aunque irremediablemente
sentencio;
bajo una mirada crítica la objetividad a un segundo plano deriva.
Doloroso lo que aprecia mi pupila,
un ahogado
lamento se refleja en mi retina;
ni lágrimas, ni palabras de aliento.
No quiero
piadosas mentiras,
ni ningún gesto benévolo de auto-compasión permisiva,
que dé
sosiego ni calma a esta alma castigada,
perdida, dañada y marchita.
Llanto ahogado, casi yendo al a la deriva;
un último consuelo ser naufrago de mi
tormento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario