
Hace ya algún tiempo; en un remoto lugar, al
que únicamente se podía acceder adentrándose en el denso espesor de la sabana
africana. Un arbolito quedó paralítico, totalmente impedido.
Una manada de enormes elefantes le sorprendió sin
que a él le diese tiempo reaccionar, envistiendo-le y causándole innumerables
heridas y mutilaciones. Un desgarrador dolor se apoderó de su ser…
Apenas
podía sonreír, se sentía muerto en vida.
Se lamentó, lloró de dolor por mucho tiempo,
aún así resistió.
Continuaba
ahí, esclavo de sus raíces, arraigadas, perseverantes y milenarias.
Sus
extremidades se iban fortaleciendo y cicatrizando. Y él continuaba postrado en
“su tronco” sintiendo, viendo y resistiendo.
Innumerables seres habían acabado sus días de
tortuosa agonía hay, tendidos y cobijados bajo el resguardo de sus ramas. Desde
guepardos a “yenas”; todos sufrían un tiempo hasta que sus propias heridas los
consumían, o eran devorados, simplemente desaparecían, dejaban de sufrir, de
agonizar, de respirar.
Cada una de esas perdidas le suponía un gran
debate interno, cada vez que alguno de esos seres encontraba el descanso eterno
ahí en sus pies no podía dejar de pensar en todo lo que daría para que eso
mismo le ocurriera a él, para poder descansar por fin. Y a su vez era
consciente del papel que ejercía. Donde, si no, irían a morir esos seres???
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