viernes, 29 de enero de 2010

Preparados, listos, ya!!!




Todos en sus puestos... 
Empieza la carrera. 
Baaang!!!

Salgo disparada, veloz, como si me persiguiera la muerte. El de mi izquierda me roza la nuca con el aire que desprende al correr y el de mi derecha lucha ferozmente para sobrepasar mi marca.

Lucho, me entrego, corro y corro dándolo todo, poniendo toda la carne en el asador.
Visualizo mi llegada a la meta y me imagino gloriosa y victoriosa habiendo logrado mi objetivo, campeona y deseosa de compartir mi éxito...

Pero ¿con quien?. Es un logro demasiado grande y personal como para darlo a cualquiera, es una lucha tan costosa y laboriosa que no se puede entregar a la primera persona que te haga creer que te quiere.

El resultado: me perdí. Me demoré demasiado pensando en todos, en los otros y despistándome de mi, de mi propia carrera. Me puse a fantasear en lugar de crear y me adelantó el de mi izquierda, el de mi derecha e incluso los que venían detrás y ni sabía que participaban.

Mi cruz, mi lucha o mi sino. Veo la meta, la veo; quiero ir a por ella, lucho y me entrego y entonces en el intento me pierdo. Me veo pensando en los otros y ahí me desvanezco, como una pompa de agua y jabón cuando se eleva y se desintegra. Como un cuadro bajo la lluvia que desaparece y se esfuma.


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